El trayecto desde el muelle transcurrió en silencio, salvo por los suaves llantos del recién nacido y el sonido entrecortado de nuestra respiración. Matteo apretaba el volante con las manos ensangrentadas, con la mandíbula tan apretada que temí que se le rompiera. El bebé —el que habíamos salvado, el que Giulia había protegido hasta la muerte— estaba acurrucado en mis brazos, envuelto en mi chaqueta desgarrada. Sus pequeños dedos se aferraban a mi camisa como si ya supiera que el mundo era crue