El horizonte se teñía de un suave naranja cuando llegamos a los viejos muelles industriales. El viento salino azotaba las ventanas agrietadas del todoterreno, trayendo consigo el olor del mar y la lejanía de la decadencia. Matteo conducía con una intensidad tensa, una mano en el volante y la otra aferrada posesivamente a mi muslo, clavándose en él como si necesitara recordarme constantemente que yo era real. Tenía la mandíbula apretada, la cicatriz plateada reflejando la luz del amanecer. Cada