Las colinas que rodeaban la casa de seguridad española deberían haber sido un santuario. Los olivares se extendían bajo el sol naciente, sus hojas susurraban con la brisa, mientras el Mediterráneo, a lo lejos, brillaba como una promesa de paz que no teníamos derecho a reclamar. Pero la paz era una mentira. El zumbido bajo y antinatural de la costa nos había seguido tierra adentro, vibrando a través de los muros de piedra de la villa como un segundo latido. Pulsaba al compás del tenue resplandor