La cámara bajo el Abismo de Terciopelo se abrió como una herida en la tierra misma. El hormigón se astilló y cayó en trozos irregulares mientras el murmullo del mar alcanzaba un crescendo ensordecedor. Abracé a mis dos bebés contra mi pecho; sus pequeños cuerpos vibraban al compás del ritmo antinatural que emanaba de abajo.
El brillo verdoso de sus ojos ardía con más intensidad, proyectando sombras inquietantes sobre los símbolos rituales grabados en las paredes. Mi tía —el Legado Verdadero— se