Camila se movía con una gracia calculada, cada gesto era una trampa seductora. Sabía exactamente cómo usar sus armas femeninas, especialmente frente a un hombre como Dominic, cuyo punto débil era su insaciable lujuria.
—No te preocupes —dijo Dominic, inflando el pecho con una confianza arrogante que rozaba lo grotesco.
—Tus problemas ahora son míos. No he olvidado lo que prometí, pero... ¿no crees que este es el momento para algo mucho más interesante que negocios?
Para él, las intrigas entre m