Los golpes en la puerta eran insistentes, como los de un fantasma vengativo; cada impacto resonaba como un puñetazo contra el suelo y atravesaba directamente el corazón de Nora, que ya se sentía angustiada.
Su respiración se aceleró y miró a Nadia, llena de pánico:
—¿Qué hacemos?
—¿Qué podemos hacer? Fingir que no hay nadie en casa —susurró Nadia—. Si nadie responde, al final se irán.
En ese instante, una voz de hombre sonó desde fuera:
—¿Señorita Nora, está usted en casa?
Era una voz desconoci