Luana, al percibir la tensión en la mirada de su amiga y temer que se irritara con la insistencia, se apresuró a decir:
—Si no quieres hablar de esto ahora, está bien. No tienes que esforzarte.
Hilda desvió la mirada de la ventana y encaró a Luana. Al observar las facciones de su amiga —que inevitablemente le recordaban a Heitor—, un torbellino de sentimientos complejos la golpeó.
—He renunciado —reveló Hilda, con voz baja pero firme—. Salí del hospital.
Luana quedó atónita. Aunque ya sospechab