El coche se detuvo ante las rejas de la mansión. Elisabetta iba sentada en el asiento trasero, con las manos aún temblorosas, la mente todavía dando vueltas. No sabía quién era aquel hombre. No sabía por qué la había ayudado. Solo sabía que estaba a salvo. Por ahora.
Las rejas se abrieron. El coche subió por la entrada. Celestina estaba de pie en la puerta principal, con los brazos cruzados y el rostro tenso por la preocupación.
Elisabetta bajó del coche. Tenía las piernas débiles. Aún le ardía