Tessa Anderson caminaba de un lado a otro en su amplia sala de estar, con los tacones resonando contra el suelo de mármol. Su mente estaba en plena ebullición. Había recibido el dinero que Elisabetta le envió. Cincuenta mil. Estaban en su cuenta, cálidos y reconfortantes. Pero no era suficiente. Nunca era suficiente.
Quería más. Quería que Elisabetta sufriera. Quería ver cómo se desmoronaba, pieza por pieza, hasta que no quedara nada. Esa chica la había humillado en el cementerio. Norman había