El sobre llegó en el correo de la mañana como si no fuera nada especial, solo otra factura o un folleto o alguna organización benéfica pidiendo dinero. Elisabetta estaba sentada en la cocina tomando su té, el mismo té que tomaba cada mañana porque Celestina decía que le calmaría los nervios, pero sinceramente sus nervios estaban demasiado deshechos como para que el té arreglara nada.
Casi no lo abre.
No había remitente. Solo su nombre escrito con una letra que no reconoció. Alguien lo había des