—Ugh… —gimió Rose suavemente.
Un dolor punzante atravesó su nariz cuando la toalla la rozó. Sus ojos se llenaron inmediatamente de lágrimas y estornudó varias veces.
Rose sabía que los moretones se volverían morados durante los próximos días y que el dolor solo desaparecería lentamente con el tiempo. Al mirarse al espejo, vio que su nariz y su mandíbula ya estaban hinchadas y marcadas.
—Dios mío… —murmuró haciendo una mueca.
Aquella mañana se había aseado; su cuerpo todavía estaba pegajoso por