El aroma del desinfectante recibió a Rose en cuanto entró en la habitación del hospital de Aaron. Sobre la cama, Aaron estaba sentado con la espalda apoyada, la pierna derecha envuelta en un grueso yeso. Un portátil permanecía abierto sobre la bandeja frente a él.
Rose frunció el ceño.
—Aaron, ¿no puedes descansar un rato?
Aaron levantó la vista.
—Hola, cariño.
Aquel apelativo seguía haciéndola sentir incómoda, pero sabía que tendría que acostumbrarse poco a poco.
El rostro de Aaron se iluminó