Y entonces, sin previo aviso, él se inclinó muy cerca de ella. Maya miró hacia abajo y notó un bulto marcado que casi levantaba el pantalón que Antonio llevaba puesto.
¿Qué demonios?
—¿Eso es… un pepino o qué? —se preguntó, moviéndose incómoda hacia un lado.
—¿Qué te sorprendió? —preguntó Antonio, y Maya rápidamente apartó la mirada.
—Tengo… asuntos pendientes que resolver —dijo ella, intentando marcharse. Pero Antonio la sostuvo por la cintura y la hizo sentarse en la cama, sin brusquedad pero con firmeza.
—¿A dónde crees que vas después de encenderme así? —dijo él, y Maya protestó.
—¡No hice nada! ¡Te juro que no hice nada! —dijo con voz temblorosa.
Antonio sonrió apenas.
—¿No puedes verlo? —preguntó, señalando su pantalón. Maya lo miró un instante… y enseguida volvió el rostro.
Tenía claro que jamás se entregaría a ese “diablo”.
Sí, quería ponerlo nervioso… pero no estaba lista para algo más.
Toda su vida se había guardado para alguien especial.
No para alguien con el corazón de pi