Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 6: La Noche en que el Pasado Volvió a Acechar
Rafael
Todavía estaba en mi despacho. Y Laura... Laura estaba en la habitación de invitados, probablemente intentando procesar lo que casi ocurrió en la sala principal.
Casi la toqué. Casi rompí la barrera que había construido con tanto cuidado durante los últimos seis años. Mi mano se alzó sola, atraída por la suave curva de su rostro, por aquellos ojos marrones que me desafiaban sin miedo. Pero me detuve. Porque si la hubiera tocado, no me habría detenido. Y eso no podía pasar.
Me dejé caer en la silla de cuero detrás del escritorio de caoba; el whisky que había dejado allí más temprano seguía a medio terminar. Tomé el vaso y lo vacié de un solo trago, sintiendo el ardor bajar por mi garganta como un castigo merecido. El despacho era mi refugio: paredes cubiertas de libros que nunca leía, pantallas de ordenador mostrando gráficos bursátiles que subían y bajaban igual que mi pulso en ese momento. La vista desde la ventana era la misma que desde la sala: las luces de Manhattan parpadeando como estrellas falsas, indiferentes al caos que llevaba dentro.
¿Cómo había entrado en mi vida tan rápido? Apenas había pasado un día. Un día desde la entrevista, desde aquel apretón de manos que me hizo sentir algo que juraba haber enterrado junto a Sofía. Laura Mendes no era como las demás niñeras. Llegaban cargadas de diplomas y recomendaciones, pero salían corriendo cuando veían lo retraído que era Enzo o cuando yo exigía perfección.
¿Ella? Ella había conquistado a mi hijo con un caramelo de menta y una promesa que, de alguna manera, yo creía que cumpliría.
Me levanté y caminé hasta la ventana. Las cortinas estaban entreabiertas, y miré hacia abajo, hacia la habitación de invitados justo debajo. Su luz seguía encendida. Una sombra se movió, ¿estaba abriendo la cortina? El pecho se me oprimió. ¿Estaba mirando hacia arriba? ¿Hacia mí?
Me aparté, como si pudiera verme. Ridículo. Yo era el dueño de esta casa, de este imperio. Había construido Monteiro Enterprises desde cero, transformando una startup en un conglomerado de miles de millones. El control era mi segundo nombre. Pero con ella... el control se me escapaba.
Me senté y, una vez más, abrí el cajón cerrado con llave del escritorio. Allí estaba la fotografía. Sofía, embarazada de Enzo, sonriendo a la cámara en una playa de Miami. El viento desordenándole el cabello, el sol iluminando el rostro que yo amaba. La amaba. De verdad. Pero el día del parto yo no estaba allí. Una reunión importante en Londres, un vuelo retrasado. Los médicos dijeron que fue una complicación rara, una hemorragia que nadie había previsto. Llegué demasiado tarde. Pero lo sabía: si me hubiera quedado, quizá... quizá todavía estaría aquí.
Enzo nació llorando, y yo llegué a tiempo para sostenerlo en mis brazos, pero solo. Solo con la culpa que me consumía desde entonces.
Lo consentía con todo: juguetes, viajes, la mejor educación. Pero ¿atención? ¿Tiempo? Trabajaba para proveer, para construir un legado que compensara la ausencia de su madre. Y ahora Laura aparecía y, en un solo día, lograba que él riera, abrazara, confiara. Tomó su mano en lugar de la mía. Aquello me dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Cerré el cajón con un clic seco. No podía permitir que eso sucediera. Ella era la niñera. Una empleada. Necesitaba investigar su pasado, asegurarme de que era de confianza. Tomé el teléfono y marqué el número de mi asistente personal, Marcos. Contestó al segundo tono, a pesar de lo tarde que era.
—¿Señor Monteiro? ¿Ocurre algo?
—Necesito una investigación completa sobre Laura Mendes. Todo: familia, deudas, historial. Con discreción. Mañana temprano.
—Entendido, señor. ¿Hay algo específico que deba buscar?
—Cualquier cosa que haga que se vaya.
Colgué antes de que pudiera responder. ¿Cualquier cosa que hiciera que se fuera? No quería que se marchara. Quería que se quedara. Por Enzo. Y quizá... por mí.
Volví a la ventana. La luz de su habitación seguía encendida. La imaginé allí abajo, acostada en la cama que había ordenado preparar, con el cabello suelto sobre la almohada. El pensamiento me golpeó como un puñetazo. Me giré, fui hasta el escritorio y me serví más whisky. Esta vez bebí despacio, sintiendo el líquido arder mientras intentaba apagar aquellas imágenes.
Pero no servía de nada. Ella ya había resquebrajado el hielo. Y si no tenía cuidado, el hielo entero terminaría derrumbándose.
Me quedé allí, en la oscuridad, contemplando la ciudad que conquistaba cada día. Pero aquella noche, la conquista que me aterrorizaba era otra.
Y una pregunta no dejaba de rondar mi mente:
¿Qué haré si ella es la única capaz de derretirme por completo?







