Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 5: La Llamada que Me Hizo Cuestionarlo Todo
Laura
Cerré la puerta de mi habitación, una habitación de invitados que era más grande que el apartamento entero donde vivía con mi madre, y me dejé caer sobre la cama king size. El colchón era demasiado suave, casi ofensivo, después de años durmiendo en uno individual que crujía con cada movimiento. Me quedé mirando el techo alto, con una lámpara de cristal que parecía flotar, e intenté respirar.
Todo el día daba vueltas en mi cabeza como una película a cámara lenta.
Enzo abrazándome con la frente apoyada contra la mía.
Su suave risita cuando vio el «monstruito feliz» en el plato.
Y Rafael... Rafael deteniéndose demasiado cerca, la mano a punto de tocar mi rostro, los ojos grises ardiendo con algo que no quería nombrar.
Tomé el celular de la mesita de noche. Eran casi las diez de la noche. Mi madre probablemente seguía despierta, esperando la llamada que le había prometido hacer en mi primer día. Estaba sola en nuestro pequeño apartamento de Queens, y odiaba imaginarla allí, soportando los efectos de la quimioterapia sin mí cerca.
Marqué su número antes de perder el valor.
—¿Laura? ¿Hija? —Su voz llegó ronca, cansada, pero llena de alivio—. ¿Cómo te fue? ¿Estás bien?
Sonreí a pesar de todo.
—Estoy bien, mamá. Este lugar es... surrealista. Como esas películas de ricos que veíamos en la televisión. El niño, Enzo, es un encanto. Es muy calladito, pero hoy habló conmigo. Me dejó leerle un cuento para que se durmiera.
Soltó un largo suspiro.
—Gracias a Dios. Estuve preocupada todo el día. ¿Y cómo es el padre? ¿El multimillonario?
Vacilé. ¿Cómo explicarlo?
—Es... frío. Exigente. Pero ama a su hijo, se nota. Solo que trabaja demasiado. Enzo lo extraña.
—¿Y a ti? ¿Cómo te trató?
Cerré los ojos.
—Me contrató. Mañana empiezo de verdad. Vivienda incluida, buen salario... Va a ayudar muchísimo con tus gastos médicos. Aquí, en Estados Unidos, eso es una salvación.
—No hables de eso ahora, hija. Yo estaré bien. Tu hermana llamó hace un rato. Dijo que intentará enviarnos algo de dinero de su nuevo trabajo en la cafetería de Brooklyn.
Mi hermana menor, la que crié prácticamente sola. Ahora tenía veintiún años, trabajaba en una cafetería de Brooklyn y enviaba todo lo que podía. Sentí una opresión en el pecho.
—Dile que la quiero. Y que voy a solucionar esto. Te lo prometo.
Mi madre guardó silencio durante un segundo.
—Laura... tienes una voz extraña. ¿Pasó algo?
Solté una risita nerviosa.
—Nada que no pueda manejar. Solo que... mi jefe es intenso. De esos que te miran como si estuvieran intentando leer tu alma. Y hoy... casi me tocó. O sea, levantó la mano hacia mi rostro y luego se detuvo. Fue extraño.
Volvió a quedarse en silencio. Después dijo:
—Ten cuidado, hija. Los hombres ricos como ese... creen que pueden tenerlo todo. No dejes que te confunda. Estás ahí por Enzo y por nuestras cuentas. No por él.
Tragué saliva.
—Lo sé, mamá. Lo sé.
Pero mientras lo decía, una parte de mí ya lo ponía en duda.
Colgué después de unos minutos más de conversación, prometiéndole que la llamaría todos los días. Dejé el celular sobre la mesa y me quedé mirando al vacío.
La habitación era demasiado silenciosa. La ciudad brillaba detrás de las cortinas entreabiertas, pero allí dentro me sentía expuesta. Como si Rafael pudiera verme incluso estando en otro piso.
Me levanté, caminé hasta la ventana y abrí un poco la cortina. Las luces de Manhattan parpadeaban allá abajo, indiferentes.
Y entonces lo vi.
En el piso superior había una luz encendida. Probablemente su despacho. Una silueta oscura permanecía junto a la ventana, mirando hacia abajo.
¿Hacia mí?
Mi corazón se aceleró.
No se movió.
Simplemente permaneció allí, inmóvil, como si estuviera esperando algo.
O a alguien.
Cerré la cortina rápidamente, pero mi corazón siguió latiendo con fuerza.
Volví a acostarme, subiéndome el edredón hasta la barbilla.
Y una pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza, una y otra vez:
¿Y si no logro resistirme a él?







