Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 4: La Grieta en el Hielo
Rafael
No podía dejar de mirar la puerta de la habitación de Enzo.
Ella salió de allí de puntillas, como si temiera despertarlo. El cabello recogido en aquel moño desordenado, la blusa blanca un poco arrugada después de pasarse el día entero en el suelo jugando con cochecitos. Y aun así... parecía más viva que cualquier persona que hubiera puesto un pie en esta casa.
Estaba apoyado contra la pared del pasillo, con los brazos cruzados, fingiendo que solo pasaba por allí. Pero la verdad era que me había quedado escuchando. Cada palabra en voz baja que le dijo. Cada silencio que Enzo rompió gracias a ella.
—Yo no me voy a ir, ¿recuerdas? Te lo prometí.
Cinco niñeras. Cinco promesas rotas. Y ahora esta mujer, a la que apenas conozco, entra aquí y consigue que mi hijo apoye la frente contra la suya como si ella fuera la única persona segura del mundo.
Odio esto.
Lo odio porque funciona.
Lo odio porque, por primera vez en tres años, Enzo se comió todo sin protestar. Porque se rio, un sonido tan bajo que casi no lo escuché, pero que me golpeó como un disparo en el pecho. Porque tomó su mano en lugar de la mía.
Y lo odio aún más porque, cuando le tendí la mano en la sala, no quería solamente ayudar a Enzo a levantarse. Quería tocarla. Saber si aquella descarga que sentí durante la entrevista era real o si solo era mi mente jugándome una mala pasada.
Era real.
Cuando sus dedos tocaron los míos, algo se rompió dentro de mí. Una fina grieta en el hielo que construí con tanto cuidado después de que Sofía muriera. Después de que el parto se la llevara y me dejara con un bebé llorando y una culpa que nunca desaparece.
Me juré que jamás volvería a dejar entrar a nadie. Ni a una mujer. Ni a un sentimiento. Solo trabajo. Solo Enzo. Solo asegurarme de que tuviera todo lo que pudiera necesitar materialmente.
Pero Laura Mendes no es algo material. Es calor. Es refugio. Es la primera persona en años que ha logrado que mi hijo relaje los hombros.
Y ahora está de pie en la sala principal, observando las luces de la ciudad como si pudieran responder las preguntas que veo en sus ojos.
Me acerqué.
No pude evitarlo.
—Eres buena con él —dije, con la voz más ronca de lo que me habría gustado.
Se giró lentamente. Sus ojos marrones encontraron los míos. Había miedo allí. Y algo más. ¿Curiosidad? ¿Desafío?
—Solo necesita atención de verdad. No cosas —respondió.
Sus palabras me golpearon como una bofetada. Yo le doy todo a Enzo. Juguetes. Escuela privada. Seguridad. Pero ¿atención? ¿Tiempo? Me voy antes de que despierte y regreso después de que se duerma. Siempre.
—Le doy todo lo que necesita —repliqué, más seco de lo que pretendía.
—No todo —dijo sin retroceder.
El aire entre nosotros se volvió denso. Di un paso. Luego otro. Me detuve demasiado cerca. Lo bastante cerca para percibir su aroma: algo sencillo, como vainilla y jabón. Nada caro. Nada artificial. Y eso me vuelve loco.
—Ten cuidado con lo que dices, Laura.
Su nombre en mi boca suena mal. Demasiado íntimo. Demasiado peligroso.
Ella no retrocede. Solo traga saliva.
—Solo quiero ayudar a Enzo, señor Monteiro.
—¿Y si yo quisiera algo más que eso?
Las palabras salieron antes de que pudiera contenerlas. Vi el impacto en sus ojos. Su pecho subiendo y bajando más deprisa.
Mi mano se elevó sola. Casi toqué su rostro. Casi sentí la suavidad de su piel bajo mis dedos. Casi rompí todas las reglas que yo mismo había creado.
Pero me detuve.
Porque si la toco ahora, no voy a detenerme.
Porque es la niñera de mi hijo. Porque no merezco a alguien como ella. Porque cada vez que me permití sentir algo, alguien terminó marchándose.
Dejé caer la mano.
—Buenas noches, señorita Mendes.
Me di la vuelta y salí de la sala antes de que viera cuánto estaba temblando por dentro.
Entré en el despacho. Cerré la puerta. Apoyé las manos sobre el escritorio y respiré hondo.
Enzo se durmió mientras ella le leía una historia. Confió en ella en un solo día.
Y yo... yo también estoy empezando a confiar.
O peor: estoy empezando a desear.
Abrí el cajón. Tomé la vieja fotografía de Sofía, embarazada, sonriendo a la cámara. La culpa me oprimió el pecho, como siempre.
—Te fallé. No le fallaré a él.
Pero mientras guardaba la fotografía de nuevo, una voz traicionera susurró en mi cabeza:
¿Y si ella es diferente? ¿Y si se queda?
Cerré los ojos.
Y por primera vez en años, el hielo en mi pecho no parece tan sólido.
Parece... a punto de romperse para siempre.







