Al entrar al estudio, la luz de una tarde que se aferraba a conceder al menos unos minutos de sol se filtraba por la amplia ventana, empapada por la lluvia que no había cesado en todo el día y que ahora formaba un prisma multicolor que se proyectó sobre el rostro de Luisa, confiriéndole el aura de un hada que, extraviada y entristecida, pareciera estar buscando regresar a su hogar.
—¿Quieres algo de tomar? —preguntó Mario al pasar por delante del minibar.
—No, gracias, señor —respondió Luisa