Esa noche, Luisa creyó que tenía suerte porque para cuando los niños terminaron de cenar, Mario y su hermana no habían aún regresado, así que quizá podría acostarse, o al menos refugiarse en su habitación, antes de tener que ver a su jefe.
«Y quizá traicionarme a mí misma, de la decisión que he tomado, porque cuando lo vea y él me hable, me diga cualquier cosa, se me acerque o siquiera me vea, me derrumbaré y otra vez me vea tentada a querer besarlo».
Pero cuando cerró la habitación de los pe