Las palabras de Rosa me hicieron reaccionar.
—Javier, piensa que de verdad morí. Libérate. Así los dos podremos vivir vidas nuevas con libertad.
—No, Helena, puedes pegarme, gritarme, aunque me odies, pero no desaparezcas otra vez. ¡Te lo ruego, regresa conmigo! Javier me suplicaba.
—Javier, desde el principio nuestra relación fue un error. Yo no soy el reemplazo de nadie, y lo que tú quieres no soy realmente yo. Me dolía el pecho de la rabia.
—No, yo me equivoqué. Fui muy tonto; hasta que te fu