—¡Vete a la mierda, Andrés! Este, al escuchar esas palabras y al ver que ella no cambiaba de opinión, la tomó de las manos y la arrinconó contra la pared más cercana. La aprisionó con su cuerpo y se arqueó hasta colocar su cara muy cerca de ella. Andrés respiraba con fuerza y, poco a poco, apretaba cada vez más el cuerpo de Victoria. Así se mantuvo, observándola fijamente, mientras su corazón latía con más rapidez. Victoria no esperaba esa reacción de él; estaba demasiado cerca, era como si qui