Lucía permaneció inmóvil, sosteniendo la fotografía.
El silencio se hizo tan denso que podía escuchar el latido de su corazón, golpeando con fuerza dentro de su pecho. La respiración se le volvió corta, y por un instante, la habitación —su habitación— dejó de parecer un refugio.
El peso de la caja en su regazo era insoportable.
El arma, oculta bajo el paño negro, parecía observarla, como si aguardara el momento exacto para recordarle quién era.
“¿Quién eres realmente, Lucía?”, resonó en