Lucía se quedó de pie frente a la ventana, su mano aún aferrada a la taza de café. El aroma se desvanecía en el aire, incapaz de calmar la inquietud que se acumulaba en su cabeza. El sonido del ascensor, aunque lejano, seguía retumbándole en los oídos.
El silencio del ático volvió a envolverla, profundo y pesado, como una capa invisible que la aislaba aún más del mundo exterior.
El sonido de unos pasos firmes rompió aquel silencio.
Lucía se giró apenas cuando vio al guardaespaldas aparecer desde el pasillo lateral. Alto, traje oscuro, auricular discreto en la oreja. Su presencia era constante, casi invisible… pero siempre allí.
—Señora —dijo con respeto contenido—. El señor James pidió que le informara algo antes de que saliera.
Lucía alzó la vista con cautela.
—¿Qué sucede?
—Esta noche habrá una fiesta en la empresa de su padre —explicó—. Un evento importante. El señor llegará tarde, pero su padre espera que usted asista.
Por un instante, Lucía no respondió. La palabra fiesta resonó