Lucía se quedó de pie frente a la ventana, su mano aún aferrada a la taza de café. El aroma se desvanecía en el aire, incapaz de calmar la inquietud que se acumulaba en su cabeza. El sonido del ascensor, aunque lejano, seguía retumbándole en los oídos.
El silencio del ático volvió a envolverla, profundo y pesado, como una capa invisible que la aislaba aún más del mundo exterior.
El sonido de unos pasos firmes rompió aquel silencio.
Lucía se giró apenas cuando vio al guardaespaldas aparecer desd