—Buenos días.
La voz de Lucía sonó tranquila al cruzar el umbral de la cocina, como si no acabara de regresar de un entrenamiento intenso a las cinco y media de la mañana.
El cabello recogido de manera descuidada, algunos mechones aún húmedos pegados a la piel. El cuerpo todavía caliente por el ejercicio, la respiración ya controlada. Había en ella una energía despierta, alerta, que contrastaba con la quietud de la casa a esa hora.
El contraste era imposible de ignorar.
Varias miradas se alzaro