Las luces se encendían y se apagaban como un pulso vivo.
Neón azul. Magenta. Rojo profundo.
La música no tenía origen; no venía de ningún lugar concreto. Estaba en el aire, vibrando contra la piel, marcando el ritmo interno de cada movimiento. Lucía lo veía todo como si estuviera sentada en una butaca invisible, observando una película que no recordaba haber empezado.
En el centro, una mujer bailaba.
Un vestido corto, ceñido con una precisión casi impecable: elegante, insinuante sin cae