El frío de la noche se colaba por las rendijas de las ventanas del castillo Blackmore, mientras Rachel se encerraba en su habitación, sintiéndose desolada.
Las lágrimas corrían por sus mejillas, y no entendía por qué él la había besado de esa manera si planeaba acostarse con Evelyn.
—Puede hacer lo que quiera entonces, era obvio que esos dos iban a terminar en la cama —murmuró con voz quebrada, limpiando sus lágrimas con la manga de su vestido—. Pero eso no quita que me duela tanto, maldición.