El castillo de Blackmore estaba alumbrado solamente por pequeños haces de luz, sumido en un silencio sepulcral, a excepción de los latidos acelerados de Rachel.
Su boca se había secado y estaba tratando de no sufrir un infarto por lo que acababa de decirle Alexander. Le parecía estar metida en alguna especie de sueño, pero las sensaciones eran tan reales que comenzó a dudar de su cordura.
—Alexander… creo que estás… —se calló cuando los ojos del duque volvieron a enfocarla—. D-debería descansar