Iris no sabía a cuántos escaparates habían entrado ya. Sus pies dolían a más no poder, pero apreciaba pasar tiempo con su hermana, y verla sonreír. Sabía que lo estaba pasando mal con la experiencia de su primer amor.
Sus manos estaban rebosando de bolsas con ropa, accesorios y joyas. Cici tenía un gusto digno de admirar, y también una resistencia casi olímpica para las compras. Iris le había prometido que aquella sería la última tienda del día… aunque lo dudaba un poco.
La tienda de amuletos e