Me bajé el cierre del pantalón y por fin liberé mi erección, que estaba dura como el acero, para luego rodear la base con la mano. Había estado asfixiándose toda la noche mientras seguíamos el rastro de nuestra compañera por todo el salón de baile.
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—Umm.
Solo ese pequeño gemido hizo que me temblaran las piernas. Tuve que apoyar la otra mano en el marco de la puerta corrediza. Sus leves sonidos iban a hacer que perdiera el control.
—Sí