La suerte y el lazo habían sido sellados. Ahora solo quedaba vivir y esperar que el tiempo hiciera lo suyo en ella. La fiesta continuó, pero aquel momento quedaría grabado como un recordatorio de que incluso las noches más perfectas pueden traer sorpresas inesperadas, capaces de remover las emociones más profundas.
David no pudo contenerse. El impacto del momento lo obligó a entregar a Atenea a los brazos de Amira y apresurarse nuevamente al baño. Su estómago, como en las últimas cuarenta y ocho