La Profecía de Sangre

El silencio que siguió fue total y absoluto.

Aria miró a la mujer que acababa de declararse su abuela, buscando alguna señal de locura o engaño. Pero los ojos de Esperanza eran claros y firmes, llenos de certeza que no admitía dudas.

“Esperanza Duarte.” Valentina pronunció el nombre como una maldición. “Te creíamos muerta.”

“Me convino que así fuera.” Esperanza caminó hacia adelante con pasos medidos, y la multitud se apartó ante ella con el mismo respeto instintivo que habían mostrado a Aria.
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