Aria apenas registró el viaje al claro profundo en el bosque. Su mente giraba con la imagen de Roberto de pie sobre su padre, esa jeringa en su mano, esa sonrisa cruel en su rostro.
“Concéntrate.” La voz de Esperanza cortó a través de sus pensamientos. “Lo que sea que estés pensando, déjalo ir. Aquí. Ahora. O nunca aprenderás lo que necesitas saber.”
“Mi padre está siendo torturado por un hombre que pretendía casarse conmigo.” Aria escupió las palabras. “Cómo se supone que deje eso ir?”
“Porque la ira sin control es debilidad.” Esperanza se detuvo en el centro del claro, donde la luz de la luna creaba un círculo perfecto de plata. “Y ahora mismo, no puedes permitirte debilidad.”
“La ira me da fuerza.”
“La ira te hace estúpida.” Esperanza se volvió, y sus ojos brillaron con dorado antiguo. “Te hace reactiva en lugar de proactiva. Te hace predecible. Y en dos días, cuando enfrentes a Valentina, predecible te hará muerta.”
Aria apretó sus puños, sintiendo sus garras presionar contra sus