El mundo se había oscurecido tras el grito de Isabel.
Los mellizos, robados, el corazón de Ares, desgarrado, el instinto de Henrry, desatado, y Lucía… Lucía lista para arder por los suyos.
—¡Fueron hacia el bosque negro! ¡No están solos! —Rugió la mujer, con los ojos encendidos por una furia que quemaba más que el sol del mediodía.
El bosque negro, lugar de leyendas prohibidas, de criaturas que se alimentaban de sangre y miedo. Nadie entraba allí y volvía siendo el mismo.
Ares no lo pensó.