Ares caminaba de un lado a otro frente al fuego del campamento, el ceño fruncido, el corazón apretado por la impotencia. Henrry estaba sentado con los codos sobre las rodillas, tan tenso como su alfa, mientras Lucía tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¡¿Dónde diablos puede estar?! —Bufó Ares. —¡Está viva, lo sabemos! ¡Nos lo dijeron las ninfas, Nyssara lo confirmó… entonces ¿Por qué no puedo sentirla?!
—Porque algo en ella cambió. —Murmuró Nyssara, desde la sombra de un árbol, su v