Habían pasado dos semanas desde el rescate.
La manada se había cubierto de una falsa calma, como un mar plácido antes de una tormenta. Las heridas visibles comenzaban a sanar, pero las cicatrices internas aún supuraban en silencio, como brasas enterradas bajo la ceniza.
Ares se mostraba más sereno, pero no menos alerta. Había reanudado los entrenamientos con los centinelas más jóvenes, reforzado los límites territoriales y colocado vigías en puntos estratégicos. Dormía poco y vigilaba mucho, po