La noche en el territorio lycan ya no traía paz. Había algo en el aire, una vibración sutil, como si el suelo mismo estuviera conteniendo el aliento. Ares lo sentía… lo olía.
Estaban rodeados de lobos leales, sí, pero también de miradas huidizas, de conversaciones que cesaban cuando él aparecía, de lealtades que pendían de un hilo demasiado fino.
La amenaza no era un ejército en las puertas. No todavía, era peor, era el veneno que se movía silencioso entre sus propios guerreros.
Sabía que Glori