El consejo de ancianos se reunió en el salón principal de la casa del alfa. Sus rostros severos, marcados por los años y por la guerra, se mantenían serenos, pero sus ojos eran cuchillos afilados. Había un aura rancia en ese lugar, una mezcla de poder antiguo y prejuicios viejos como el tiempo.
Lucía los miraba de frente, con el ceño fruncido y las manos apretadas a los costados. No se iba a encoger por un par de vejestorios arrogantes. Había visto hombres morir, había cuidado heridas abiertas