Ares no se detenía. No le importaba el veneno en la mirada de Isabel ni las palabras afiladas que ella le escupía cada vez que se acercaba. Él seguía, imponente, constante, empujando poco a poco la barrera que ella levantaba a su alrededor.
Isabel pensaba que era fuerte, que estaba ganando, que resistir el roce de sus manos, el tono grave de su voz y esas malditas miradas cargadas de deseo y culpa la convertían en alguien invencible, pero por dentro sangraba.
Porque a pesar de todo lo que odiab