El sol entraba débil por las ventanas, pero no traía consuelo.
Isabel estaba sentada en una de las sillas del comedor, el camisón suelto cubriéndole el cuerpo, la piel pálida por el cansancio acumulado. Solo sus ojos mantenían la fuerza, esa fuerza rabiosa que parecía sostenerla con pura terquedad.
Ares estaba al otro lado de la estancia, de pie, como un castigo viviente. No se acercaba por respeto, por miedo, por culpa… o quizás por las tres cosas juntas.
Llevaban minutos en ese silencio esp