NICK
Elya me esperaba en mi habitación.
Eso fue lo primero que me puso nerviosa.
Lo segundo fue que hubiese entrado sin permiso.
Aunque quizá la palabra permiso no tenía sentido cuando se trataba de mi cuarto. Nadie había necesitado pedirlo nunca.
Estaba sentada en mi cama.
Miraba la pequeña caja donde guardaba mi ropa.
—No tienes muchas cosas.
Cerré la puerta.
—¿Qué haces aquí?
Elya levantó la cabeza.
—Esperarte.
—¿Por qué?
—Necesitamos hablar.
No me gustaba el tono.
—Yo no tengo nada que deci