Gema no tuvo más que mirar la cara de Konstantin para notar lo cansado que estaba por lo que tomó su móvil y llamó a su restaurante italiano favorito para que le llevaran la comida a su casa. Él levantó una ceja a modo de broma, estaba feliz de que tácitamente lo hubiese invitado tácitamente a conocer su hogar. Estarían solos y podrían hablar y si tenía mucha suerte, Gema le permitiría besarla. Moría por hacerlo, los besos que le dio en su consultorio le parecieron pocos, quería más, mucho más,