No dormí.
Otra vez.
La casa estaba en un silencio asfixiante, como solo las casas caras parecen tener: cada sonido absorbido por la madera pulida, las paredes gruesas y un orden que no deja lugar al caos.
Pero el caos era precisamente lo que reinaba en mi cabeza.
La carrera de Liam.
Suspensión.
Despido.
Las palabras seguían dando vueltas, afiladas e implacables.
A las 2:13 de la madrugada, dejé de fingir que me iba a dormir.
Me puse un suéter demasiado grande, metí el teléfono en el bolsillo y