No volví a la oficina.
No fui a buscar a Maya.
Ni siquiera revisé mi teléfono.
Simplemente caminé.
Salí del estadio.
Pasé las puertas de cristal.
Entré en el frío.
El aire me golpeó la cara como una descarga, agudo y penetrante, pero no me despejó la mente. Todo seguía sintiéndose… amortiguado. Como si me moviera bajo el agua, cada paso retrasado, cada pensamiento fuera de mi alcance.
Seguí caminando de todos modos.
Crucé el estacionamiento.
Pasé la fila de camionetas negras.
Pasé el lugar dond