CRUELLA
Gemí cuando algo me sacudió—violentamente.
“¡Despierta, dormilona! ¡Llegarás tarde en tu primer día!” regañó Carly, agitándome como si fuera una puerta atascada que quería derribar.
Enterré mi cara bajo el edredón. “Solo cinco minutos, por favor…”
La manta desapareció al instante.
“¡Levanta ese trasero perezoso de la cama, señorita!”
Abrí los ojos, entrecerrándolos hacia ella. “Dios… te odio.”
“Ajá. Me lo agradecerás después,” canturreó, ya hurgando en mi caja como una ardilla emocionad