Lo dijo. Esa mujer del demonio lo dijo.
Julieta nuevamente sintió ese impacto en el pecho: la certeza de saber que sus mentiras estaban cada vez más cerca de ser descubiertas por todos.
—¿Abuela…? —parpadeó la niña sin comprender de dónde había salido todo aquello. En su inocencia, no captaba la importancia de dicha revelación.
—Victoria… —advirtió de nuevo. No iba a permitir que la confundiera.
Como la mujer no hizo ademán de detenerse, la tomó del brazo y jaló de ella con toda la intención de