CAPITULO 42

AARON

Giré la perilla y abrí la puerta de la habitación de Amelia de un solo movimiento. La penumbra del cuarto apenas se rompía por la claridad de la luna, pero fue suficiente para verla. La vi sentada en la cama; respiraba de forma agitada, su cabello estaba revuelto y sus ojos brillaban cargados de deseo. Su mirada estaba fija en mí. Contemplarla en ese estado, en medio del silencio de la noche, me provocó un deseo y una lujuria salvajes que me borraron cualquier rastro de cordura. No había
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