AMELIA
El silencio que aplastaba el comedor se rompió de golpe cuando George soltó una carcajada limpia y sonora. Se recargó en su silla, mirándonos con una diversión fingida que me encendió la sangre.
—Vaya, deberían ver sus rostros —dijo George, limpiándose una lágrima inexistente—. Han puesto una cara de terror absoluto por una pregunta tan inocente, solo era una broma para aligerar el ambiente, primo. No se lo tomen tan en serio.
—Ya basta, George —intervino Aaron, inclinándose hacia adelan