AMELIA
El silencio dentro del deportivo de Aaron era pesado, casi asfixiante. Me quedé mirando mis manos entrelazadas, tratando de procesar lo que acababa de ocurrir. Mi padre me había vendido y el hombre al que más despreciaba me había comprado, no había otra forma de verlo.
—¿A dónde me llevas? —pregunté sin mirarlo.
—A mi oficina en la Torre Kane. Tenemos que poner las reglas por escrito antes de que te presente ante mi abuelo —respondió él, manejando con una calma que me irritaba—. Ya no ti