AMELIA
Han pasado tres días desde que llegamos a la casa y el ambiente cambió por completo. La propiedad que antes se sentía fría y enorme, ahora tiene biberones puestos a secar en la barra de la cocina, botes con pañales cerca de la entrada y ropitas diminutas colgadas en el área de lavado. El llanto del porotito rompe el silencio a cada rato, pero ya no nos asusta. La casa Kane dejó de parecer un monumento de mármol; por primera vez en la vida se siente como un hogar de verdad.
El problema es