AMELIA
La penumbra de la madrugada envolvía la habitación en un silencio denso, el reloj de la mesita apenas marcaba las primeras horas del día cuando un llanto agudo y diminuto rompió la calma de la casa.
Intenté incorporarme de golpe, con el cuerpo todavía dolorido por los puntos de la cesárea, pero antes de que mis pies tocaran el suelo, la sombra inmensa de Aarón ya se había puesto de pie. Llevaba únicamente un pantalón de tela suave y el cabello revuelto, pero se movía hacia la cuna con un