Abril.-
Las luces brillantes de la habitación me cegaban, incluso con los ojos cerrados. El frío del metal de la silla se colaba por la ropa, recordándome donde estaba y por qué.
Una voz áspera rompió el silencio.
— ¿Para quién trabajas? ¿Quién eres?
No respondí, intentaba concentrarme en mi respiración, en el ritmo de mi propio corazón, cualquier cosa que me distrajera de lo que sabía que venía.
— Tranquila tenemos toda la noche –la voz ronroneó, esta vez más cerca, casi en mi oído, pude